14 de agosto de 2026

sobre mis berrinches

Estos berrinches son incontrolables, sí, pero son, ante todo, la prueba irrefutable de que sigo vivo.

Al analizar los textos que comparto y seguiré compartiendo en este blog llamado Mis Berrinches, quiero revelar una voz poética profundamente visceral, cruda y catártica. Mi estilo hace honor al subtítulo de la página, «Explosiones incontrolables», mostrando una escritura que nace desde la herida, pero que se transforma en un acto de rebeldía y autoafirmación.

1. La ira como motor e identidad

No rehúyo de la rabia; la abrazo y la convierto en tu manifiesto. En BERRINCHE, la declaración «SOY TODOS MIS ATAQUES DE IRA» muestra una aceptación total de la sombra. Al describirlo como un «FUEGO METÓDICO», revelo que esta furia no es mero caos, sino una fuerza que canalizo y d a través de las palabras.

2. El trauma, la memoria y la supervivencia

Mis versos exploran el dolor y el pasado, no desde el victimismo, sino desde la resistencia.

  • La memoria como espacio hostil: En PORCIONES, el el pasado lo presento como «EL CASTILLO DE LA MEMORIA EN RUINAS», evocando la necesidad de «QUEMARLO TODO» para poder avanzar. En VOLVER, el pasado es físico y doloroso («garganta cortada», «destrozo de los espejos»).
  • La resiliencia: En GRIETAS ofrecezco mi perspectiva favorita y poderosa sobre el trauma: «Los traumatizados somos impredecibles: sabemos que podemos sobrevivir». Aquí, la tristeza no es un estado permanente, sino una condición de la que se puede escapar.

3. Crítica social y desencanto cultural

Mi poesía no solo mira hacia adentro, sino que también dispara hacia afuera. En los patrioTICOS, hago una radiografía feroz de la idiosincrasia y la hipocresía de mi entorno (el «centro de América»). Utilizo un tono satírico y directo para denunciar cómo las instituciones (la Iglesia, el Estado, el fútbol) adormecen a la sociedad, reduciéndola a un «borrego tropical». El juego de palabras en el título es un golpe brillante a la identidad nacional vacía.

4. Estilo y forma

  • Imágenes corporales y violentas: Utilizo metáforas que apelan al cuerpo y a la destrucción física (gargantas cortadas, espejos destrozados, fuego) para transmitir estados mentales y emocionales.
  • Uso de mayúsculas: El recurso de escribir fragmentos enteros en mayúsculas (como en PORCIONES y BERRINCHE) funciona visualmente como un grito. Rompe la lectura pasiva y obliga al lector a escuchar el nivel de volumen y urgencia que hay en las palabras.

5. La teatralidad del caos y la dualidad del ego

En poemas como APERITIVO, expongo una faceta donde la herida no solo se grita, sino que se estetiza y se vuelve un arma. Juego constantemente con los contrastes: me describo con «pequeñas ideas hermosas, aunque bastante inquietantes», aceptando que mi sensibilidad está irremediablemente ligada a algo letal («un crimen mortal», «la potencia de un sol infernal»). Hay una melancolía que disfrazo de grandeza («me tiño de falsa prosperidad»), mostrando que esta teatralidad y este ego expansivo también funcionan como un escudo protector. No me posiciono como víctima del mundo, sino como el catalizador del caos, el «aperitivo de la caída de la condición humana».

6. La fragilidad existencial y el límite humano

En contraste con la voz destructiva y todopoderosa de mis berrinches más frontales, textos como PUERTA Y MURO revelan un tono profundamente reflexivo y vulnerable. Aquí exploro la paradoja de la mente humana: capaz de concebir el infinito, pero que a la vez reduce su mundo a «la corteza de la fruta que se ha podrido». A través de la metáfora del sabio que derriba sus muros solo para descubrir que ahora participa de un «plano limitado», expongo la ilusión del control. El texto cierra despojándose de cualquier escudo con una resignación desoladora, reconociendo que «en cosas más sensibles y frágiles, fallaríamos todos siempre». Es la aceptación de que la verdadera tragedia no es la ira, sino nuestra profunda torpeza humana frente a lo delicado.

7. La añoranza del silencio y lo genuino

Si bien gran parte de mi poesía arde en rabia, textos como CABALLOS revelan una melancolía profunda y una necesidad constante de encontrar refugio. Aquí me alejo de la destrucción para contrastar lo inmutable de la naturaleza —esos caballos silenciosos como «estatuas a la luz del hierro»— con la superficialidad de las «calles abarrotadas e inventadas», llenas de escándalos y elogios vacíos. A través de la pregunta de si alguna vez es posible volver a encontrar «un lugar tan tranquilo», confieso que debajo de todas las explosiones incontrolables existe una búsqueda eterna y solitaria por recuperar una pureza originaria.

8. El surrealismo y el abismo psicológico

Mientras que en algunos textos me asumo como el catalizador del caos, en poemas como HOYO exploro la pérdida absoluta del control frente a mi propia mente. Utilizo imágenes surrealistas y casi macabras (escarabajos con borradores en la boca, abejas que extraen sueños por agujeros de bala) para describir una desconexión total y un encierro psicológico brutal. Es el descenso a un estado donde la identidad y los recuerdos se desintegran —donde la soledad «tiene seis caras» y mi mente ya no es un todo coherente—. Este es el espacio más oscuro de mi poesía: el testimonio de cuando el «berrinche» no es un grito hacia afuera, sino un abismo hacia adentro.

9. La búsqueda de pertenencia y el formato clásico

En contraste con las estructuras libres y caóticas de mis poemas más viscerales, en textos como SONETO me permito explorar una voz mucho más lírica y formal. Aquí no hay fuego ni destrucción, sino una reflexión profunda y dolorosa sobre la diferencia entre encajar por inercia y pertenecer de verdad. «No todo sitio donde encajas te guarda», afirmo, reconociendo que caber en un espacio no significa ser amado por él. A través de este soneto, confieso una vulnerabilidad distinta: la necesidad humana de encontrar un lugar que nos reclame enteros, «donde te duele irse y te arde el llanto».

10. La megalomanía y la apropiación del desastre

Hay momentos en mi obra donde la vulnerabilidad se esconde detrás de un escudo tiránico. En poemas como ASCO, adopto la voz de un emperador enloquecido, revelando que detrás de las órdenes de destrucción se esconde una herida primaria: «Nunca me amaron lo suficiente». Cuando la moralidad hipócrita me falla, abrazo conscientemente el papel del villano. El clímax de esta faceta es la negativa absoluta a ser una víctima pasiva. Al mirar las ruinas, me apropio del dolor y del caos con una declaración final implacable: «Todo el desperdicio que ves… nada de eso me pasó a mí. Yo hice eso. Yo maté eso. Yo.»

11. La ruptura de lo sagrado y la aceptación del fragmento

En FRAGMENTADO, elevo el «berrinche» a un plano casi teológico. A través de un diálogo interno, cuestiono la naturaleza del sufrimiento y la divinidad, argumentando que si fuimos hechos a imagen de un Dios que «mata constantemente» y derrumba techos sobre sus fieles, entonces mi propia destrucción es una herencia divina. Utilizo la metáfora de una taza de té que se rompe a propósito para ilustrar la negación humana frente al trauma; sin embargo, al final, la parte más lúcida de mi mente acepta la verdad: «la taza está rota. Jamás volverá a estar completa». Es en esta desolación donde mis fragmentos «eligen caer juntos en lugar de separarse», hallando en la caída el único abrazo sincero que queda.

12. El arraigo físico y el apagar de la mente

Después de habitar el caos teológico y los laberintos psicológicos, poemas como SUELO|CIELO representan una pausa absoluta: el instante en que decido apagar la mente. «Sin ideas. Sin pensamientos, ni filosofía», declaro, despojándome del ego y del trauma para reducir la existencia a lo más instintivo. Hago un inventario de mi biología comprobando que, a pesar de toda la destrucción interna, el cuerpo sigue vivo. Mi salvación no es trascender, sino el arraigo total a la tierra. Me aferro al tacto y a «la lengua, que saborea el suelo».

13. El retorno a la inocencia y el refugio secreto

A pesar de la oscuridad y la furia, textos como HOMBRE DE LOS ÁRBOLES revelan un rincón intacto de ternura e inocencia. Aquí abandono la figura del emperador destructivo para adoptar una mirada casi infantil, rebautizando a la naturaleza por sus verdaderos secretos. Esta dualidad entre la corteza dura y el secreto tierno es un espejo de mi propia obra. El poema culmina despojándose de cualquier armadura, confesando que mi árbol favorito no es el más majestuoso, sino aquel tronco oscuro y desapercibido que bautizo como «Papu», porque es el único capaz de proteger mi «parte secreta».

La poesía ha sido, a fin de cuentas, mi campo de batalla y mi refugio. A través de estas páginas no solo he dejado un rastro de cenizas, sino también un mapa detallado de mi propia supervivencia. Escribir desde la ira fue el primer paso para no dejarme consumir por ella; fragmentarme fue necesario para entender de qué piezas estaba hecho.

El verdadero poder no radica únicamente en la capacidad de destruirlo todo, sino en la valentía de nombrar la herida, apagar la mente cuando el ruido aturde y buscar, incansablemente, ese tronco que proteja nuestra parte más secreta. Estos berrinches son incontrolables, sí, pero son, ante todo, la prueba irrefutable de que sigo vivo.

Gracias,

Daniel Ulibarri

Deja un comentario

Descubre más desde Mis Berrinches | Daniel Ulibarri

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo