
En el silencio entre el cazador y su presa, donde el reloj aprende a sangrar,
dos mentes se sientan frente a frente en una mesa tallada en un salón.
El inquieto le señala al confuso que el acto de acabar con todo no parece justo,
pero que Dios mata constantemente y que fuimos creados a su imagen y devoción…
Cuando el techo de la iglesia se derrumba sobre los fieles, Él no llora; se siente poderoso.
De vez en cuando, a propósito, la mente oscura deja caer una taza de té para que se rompa en el suelo.
Nunca se siente satisfecho cuando los pedazos se niegan a recomponerse.
Algún día, tal vez, los pedazos se recompongan. Pero su adversario sabe con claridad:
la taza está rota. Jamás volverá a estar completa. Entre ellos pende lo tácito:
la familia, la fe, el hambre que lleva rostro humano. Y afuera, la oscuridad guarda silencio,
riendo suavemente mientras el mundo se quiebra y se niega a recomponerse.
En el borde del mundo, donde el mar espera como una boca abierta,
dos hombres se yerguen ensangrentados y completos por primera vez.
La caída no es una derrota, sino el único abrazo sincero que queda.
Dios no está en la iglesia ni en la oración, sino en la risa que sigue al colapso de todo lo sagrado.
La taza de té nunca se remendó, sin embargo, aquí están, fragmentos que eligen caer juntos en lugar de separarse.
La fe era la mentira que se contaban a sí mismos para mantener el hambre a raya.
La familia era la verdad que nunca podrían nombrar.…
